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16-oct.-viernes de la 28.ª semana del T. O.

La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta.

El sol comienza a aparecer en el horizonte y nos dejan las sombras de la noche. Nos levantamos con alegría a iniciar una nueva jornada. Nos paramos ante ti con manos vacías. Nuestras buenas intenciones y todas las obras que humildemente realizamos son insuficientes para gloriarnos a nosotros mismos. Enséñanos a recibir gratamente tu gracia, tu amor misericordioso, así como la ayuda y el amor de nuestros hermanos. Tu palabra sea para nosotros la fuente de inspiración para emprender nuestro camino de este día; y, así surjan interrogantes y hasta desilusiones, no permitas que nada nos impida hacer el bien, para que escuchemos tu mandato de amar como tú nos amas y que tu palabra caiga como la semilla en el terreno bueno de nuestros corazones. Guarda nuestros corazones en tu amor y no permitas que la “levadura” de la mentira, de la pereza, del egoísmo y de tantas cosas negativas, fermente nuestra “masa” de esperanza, de fe y de caridad. Que tu gracia nos fortalezca y que Tú seas nuestra compañía de este día. «NO TENGÁIS MIEDO». Amén. 

Con mucha seguridad y confianza emprendamos nuestro día. Feliz y anhelado viernes. 

Palabra del Papa

Jesús, al enviar a los discípulos a la misión (…) Establece una relación entre lo que escuchamos “al oído”, es decir, en lo secreto del corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del Evangelio es ante todo compartir un encuentro personal con Él, único para cada quien. La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo que hemos contemplado: contemplata aliis tradere (cf. Summa Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad. 2). (...) Tanto hoy como ayer, es difícil permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la mansedumbre, al desánimo con la perseverancia. Por eso es necesario que profundicemos en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él (cf. Evangelii gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y seguir transmitiendo a todos, en cualquier circunstancia, su mensaje de esperanza, de amor y de paz. ¡Al mundo le hace mucha falta! (León XIV - Ángelus, 21 de junio de 2026)

es necesario que profundicemos en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él
ORACIÓN 

Señor, en este rato de oración que voy a realizar sobre el evangelio del día, me llama poderosamente la atención lo que se dice de Ti. “Miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros”. Me pregunto: ¿Qué tenía tu persona que tanto atraía a la gente? ¿Por qué la gente se pisaba por escucharte? Había en Ti algo inefable, misterioso. Brillaban tus ojos con luz propia. De tus labios salían palabras de bondad, de sabiduría, de gracia. Y, sobre todo, de verdad, de coherencia, de no decir nada que antes no lo hubieras hecho vida. Enséñame a vivir como Tú para poder dar un auténtico testimonio de Ti ante el mundo. Amén. 

Reflexión 

Hay algo que Jesús no puede tragar: la hipocresía. No se puede vivir una doble vida. No se puede encender una vela a Dios y otra al Diablo. No se puede ser cristiano en el Templo y pagano en la calle. Ni tampoco se puede uno guardar “lo que ha visto y oído”. Lo vivido, lo sentido, lo experimentado hay que proclamarlo. Sabemos que en tiempo de Jesús en las casas no había tejas sino azoteas. Allá se tenían diálogos, conversaciones, tertulias que lógicamente se escuchaban en la calle. A esto alude Jesús. Estamos en unos tiempos en los que debemos convertir nuestras casas en “terrazas” y proclamar públicamente nuestra fe. “A la crisis de Dios sólo se puede responder con la pasión por Dios” (Metz). Hoy más que nunca la Iglesia necesita hombres y mujeres apasionados de Dios, que no pueden callar lo que ellos “han visto y oído”. No hay que tener miedo. “Dios cuida hasta de los pajarillos y los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados”. Dios, que se preocupa hasta de lo más pequeño, ¿se va a olvidar de nosotros que somos sus hijos? Él está siempre con nosotros hasta el fin del mundo. Salgamos a la calle, a los lugares más alejados, a las periferias, pero sin miedos ni complejos. Pero salgamos convencidos de que llevamos la mejor mercancía: El Evangelio de Jesús, capaz de hacer felices a las personas.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda Pbro.