El sol comienza a aparecer en el horizonte y nos dejan las sombras de la noche. Nos levantamos con alegría a iniciar una nueva jornada. Nos paramos ante ti con manos vacías. Nuestras buenas intenciones y todas las obras que humildemente realizamos son insuficientes para gloriarnos a nosotros mismos. Enséñanos a recibir gratamente tu gracia, tu amor misericordioso, así como la ayuda y el amor de nuestros hermanos. Tu palabra sea para nosotros la fuente de inspiración para emprender nuestro camino de este día; y, así surjan interrogantes y hasta desilusiones, no permitas que nada nos impida hacer el bien, para que escuchemos tu mandato de amar como tú nos amas y que tu palabra caiga como la semilla en el terreno bueno de nuestros corazones. Guarda nuestros corazones en tu amor y no permitas que la “levadura” de la mentira, de la pereza, del egoísmo y de tantas cosas negativas, fermente nuestra “masa” de esperanza, de fe y de caridad. Que tu gracia nos fortalezca y que Tú seas nuestra compañía de este día. «NO TENGÁIS MIEDO». Amén.
Con mucha seguridad y confianza emprendamos nuestro día. Feliz y anhelado viernes.
Palabra del Papa
Jesús, al enviar a los discípulos a la misión (…) Establece una relación entre lo que escuchamos “al oído”, es decir, en lo secreto del corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del Evangelio es ante todo compartir un encuentro personal con Él, único para cada quien. La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo que hemos contemplado: contemplata aliis tradere (cf. Summa Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad. 2). (...) Tanto hoy como ayer, es difícil permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la mansedumbre, al desánimo con la perseverancia. Por eso es necesario que profundicemos en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él (cf. Evangelii gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y seguir transmitiendo a todos, en cualquier circunstancia, su mensaje de esperanza, de amor y de paz. ¡Al mundo le hace mucha falta! (León XIV - Ángelus, 21 de junio de 2026)
